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Animales que sanan: son profesionales de la salud y crearon un centro de rehabilitación con caballos, perros y gallinas

“Kau” significa “hogar” en tehuelche y, de alguna manera, resume lo que este pequeño rincón del sur de la Patagonia significa para sus creadoras, los animales que viven allí y, por supuesto, los pacientes: niños y adolescentes de diferentes edades que llegan para tratar algún desafío que enfrentan en la vida.

El centro de terapia asistida con animales funciona en un pequeño valle ubicado detrás del barrio Altos de la Villa, entre Rada Tilly y Caleta Olivia. Allí, en un pequeño rincón alejado del centro urbano, donde también funciona Harás El Cardenal, viven 11 caballos que son utilizados para acompañar, sanar y contener a niños que enfrentan neurodivergencias de diferente tipo.

Los caballos son vehículos de sanación en “Kau Patagonia”, el centro donde se hace terapia asistida con animales. Foto: Fredi Carrera.

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Contención, historias y aprendizaje

Son casi las 5 de la tarde y Macarena Vergel, María Emilia Zamora, Emilia Carrizo y Aylín Caparelli, las integrantes de Kau Patagonia, trabajan con los caballos. Uno a uno están volviendo a su corral para alimentarse y terminar la jornada. La siguiente salida del sol será otro día para trabajar nuevamente con chicos.

“Uno se enamora cuando conoce las historias de los caballos”, dice Macarena. “Cada uno tiene una historia particular y muchas son muy emocionantes. Estamos orgullosas de que hoy estén acá y de que estén en estas condiciones, porque algunos eran caballos que no estaban bien, entonces uno se enamora cuando conoce sus historias”.

Macarena asegura que cada niño tiene su caballo favorito, un vínculo que va más allá del lugar y se traslada a la casa, en dibujos, regalos para el animal o charlas que surgen en la mesa. En el caso de Francesca, su hija, Estrellita es su yegua favorita.

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Lo cierto es que, así como los caballos tienen su propia historia, las impulsoras de este espacio también. Macarena, por ejemplo, durante 12 años trabajó en el equipo de gestión de una escuela privada, pero cuando conoció el mundo de los caballos, aquellos animales que solo veía en la TV, se enamoró y lo dejó todo.

“Empecé a trabajar en una fundación haciendo pasantías, renuncié a mi trabajo de 12 años y acá estoy”, cuenta con orgullo. “Nunca había tenido acercamiento con los caballos, pero me pasó que tengo una nena que, cuando comenzó primer grado, le costó un montón el cambio de escuela. Estamos trabajando con la psicóloga y yo ya estaba estudiando para acompañante terapéutico. Tenía que hacer pasantías y pensé en hacer un trabajo sobre equinoterapia porque había que hacer algo distinto. Le dije a la psicóloga: ‘Estaría bueno probar y que vaya a equino’, y en muy poco tiempo vimos el cambio abrupto que hizo mi hija”.

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Macarena cuenta que a Francesca le fascinó el mundo de los caballos, contagió la pasión a ella y a su marido y decidió darle un giro de 360° a su vida. “Dijimos: hay que hacer algo con esto. Así que renuncié a mi trabajo de 12 años y comencé a trabajar en la fundación”.

A Francesa, la equinoterapia la ayudó a trabajar la tolerancia a la frustración, manejar los tiempos de espera y le brindó mayor seguridad. “Tenía muchos miedos y, con el caballo, pudo superarlos. Después, la naturaleza tiene sus tiempos y no los nuestros. Entonces, por ahí ella iba acelerada porque iba a montar con el caballo y, a veces, ese día no se podía; entonces aprendió a esperar, a empatizar con el caballo. Y se empezó a preguntar: ‘¿Podré subirme?’, ‘¿Estará lindo el clima?’ y lo empezó a trasladar a su vida cotidiana. Empezó a hacer cosas para vender para comprarse su caballo, a pensar en el cuidado de la alimentación, buscar zanahorias para poder llevarlas y, como papás, quedamos fascinados”, dice la acompañante terapéutica, recordando los inicios.

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“Un caballo es tu alma”, escribió Francesca en un poema que le dedicó a estos animales. Foto: Archivo familiar.

Precisamente en esa fundación que nombra Macarena, ella conoció a María Emilia Zamora, la terapeuta ocupacional del grupo. Hace 10 años que trabaja en equinoterapia y precisamente llegó a Rada Tilly por trabajo.

María Emilia es oriunda de Aceval, un pueblo cercano a Rosario, Santa Fe. Cuenta que estaba cansada de la inseguridad que se vivía en la zona y aceptó una oferta de trabajo en el sur de la Patagonia.

“Llegué hace tres años, pero hacía rato que me quería ir. Vine con pocas expectativas, pero la verdad no me voy ni loca de acá”, dice entre risas.

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La especialista heredó la pasión por los caballos de su mamá. Al igual que ella, monta desde chiquita y, de grande, se sumergió en el mundo de la equinoterapia. Primero ingresó como voluntaria y a cambio le pagaban con clases de equitación, y luego se profesionalizó.

En esa época hizo toda clase de doma y, además, aprendió a comprender a los animales. Así, hoy es una de las que mayor experiencia tiene en el manejo de los equinos, sus tiempos y su entrenamiento.

María Emilia junto a Estrellita, Emilia (izquierda) y uno de los perros que también asiste en las terapias. Foto: Fredi Carrera.

Emilia Carrizo, por su parte, es la diseñadora y fotógrafa del grupo. También es la responsable ecuestre y quien lleva adelante la comunicación del emprendimiento. Como fotógrafa, capta los momentos que luego son utilizados en las redes sociales, pero también en las evaluaciones para ver los avances de los niños.

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“Esa es parte de mi tarea, pero también soy la encargada del caballo, de prepararlo previamente para cada sesión y llevarlo. Se llama cabestrear al caballo. Siempre se arman equipos de dos o tres personas, donde va una a cada costado y nos vamos comunicando con el resto de las chicas para ver si hay que acelerar o frenar. Es lindo”.

Emilia, cuando era niña, tuvo acercamiento con los equinos. Su papá tenía un caballo de carrera y ella también tenía el suyo. “Estaba en el hipódromo y me lo llevaba a mi casa, lo bañaba, daba una vueltita por el bulevar de la Piedrabuena y lo llevaba de vuelta”, recuerda. “Con los años me alejé de todo este mundo, pero a fines de 2023 me acerqué por una búsqueda personal de volver a conectar con estos animales. Conocí a las chicas, se armó un terrible equipo y acá estamos”, dice con entusiasmo.

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La cuarta integrante del grupo es Ailín Caparelli. La joven es licenciada en fonoaudiología y realiza terapias asistidas con perros. “Medio como que metí a las chicas en las intervenciones con perros», cuenta con una sonrisa. ”De hecho, los perros que ves acá nacieron en la casa de mis papás».

Ailín, al igual que Macarena, también conoció el mundo de los caballos de grande. En 2023, la mamá de una paciente le preguntó qué sabía de la equinoterapia, si le podía servir a su hija, y ella, como buena profesional, se acercó a un centro especializado para saber un poco más sobre el tema.

“Fui a la fundación a ver de qué se trataba y me terminé enamorando. En 2024 quedé como voluntaria y ahora comenzamos a trabajar en Kau con las chicas”.

Ailín junto a Uma y María Emilia en plena sesión. Foto: Fredi Carrera.

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Un lugar de encuentro

Kau se inauguró el 5 de mayo pasado. Ese día brindamos cuentan entre risas. En el centro hay todo tipo de actividades, desde talleres recreativos y monta hasta vida en la naturaleza y meditaciones, pero el objetivo principal son las terapias asistidas con animales. “No es solo subirse y estar en contacto con caballos. También están los perros, las gallinas y los conejos”, dice Macarena. “Lo que mayormente atendemos son neurodivergencias: autismo, TDAH, pero también tenemos pacientes con síndrome de Down y con múltiples discapacidades”, agrega.

La gran mayoría de los pacientes son niños, pero también han asistido adolescentes y se está armando un protocolo para futuras intervenciones con adultos, porque, como dicen las especialistas, la actividad se puede realizar desde los seis meses en adelante.

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“Es así: esto se puede realizar hasta que el cuerpo te dé, pero después hay montones de otras cosas que se pueden trabajar. Con el caballo pie a tierra, con los perros o los conejos, siempre teniendo presente el objetivo que el profesional haya evaluado”, dice María Emilia.

“Sí, y también es un espacio para cualquier persona que esté atravesando una situación y quiera sentirse bien. Estar en contacto con la naturaleza es fundamental para cada persona”, agrega Macarena.

Triviño en sesión. Las terapias se realizan en equipo. Foto: Fredi Carrera.

En el lugar hay 11 caballos y cuatro golden retriever que no paran de jugar durante toda la entrevista. El más grande de los equinos es Casimiro, un caballo que tiene más de 24 años. La más chiquita, Estrellita, de solo dos años, fue rescatada y está siendo preparada para visitar a los chicos en el hospital, un gran desafío que requiere mucho entrenamiento.

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“Ella iba a ir directamente al matadero. Nos enteramos de que la iban a vender y la fuimos a buscar. Estaba muy flaca, llena de verrugas, y cuando la trajimos nos dimos cuenta no solamente de que estaba muy agradecida, sino que era muy buena; entonces aprovechamos eso para lograr uno de nuestros grandes objetivos, que es poder ir al hospital con los caballos para que visiten a los niños, porque todo lo que no tendría que haber vivido un caballo, ella lo vivió con su corta edad”.

A Estrellita la golpearon, la maltrataron y la descuidaron. Hoy está trabajando con niños que la bañan, la cepillan y la cuidan. 

“Anda para todos lados, incluso entra al tráiler; es como nuestro perrito”, dice Macarena mientras la acaricia.

CONECTAR PARA APRENDER

La equinoterapia es un método de tratamiento de rehabilitación integral, tanto físico como emocional, que se enseña en diferentes universidades del mundo a través de diplomaturas, cursos de especialización y posgrado. Suele utilizarse cuando la persona presenta alguna dificultad neuromuscular, psicológica o cognitiva.

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Para realizar la sesión, las chicas trabajan en grupo de tres personas: la responsable ecuestre y dos especialistas que se ocupan de la terapia con el paciente. El trabajo comienza con la preparación del caballo, la alimentación, el cepillado y el traslado a la pista. Luego empieza el trabajo arriba del caballo: montar, interactuar y realizar ejercicios, según lo que requiera cada caso.

“Lo que más ayuda, primero, es la motivación; no es lo mismo trabajar en el consultorio convencional que hacerlo con animales”, dice Ailín al contar cómo es el trabajo con animales. “El hecho de venir al campo a jugar, porque somos nosotros los profesionales los que tenemos que trabajar y ver cuál es nuestro objetivo, hace que para los chicos sea un juego. Entonces, esa es la principal herramienta para que evolucionen y, la verdad, es muchísimo más rápida, porque hay un aumento en la intención comunicativa”.

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“También es una forma de volver a la naturaleza”, agrega María Emilia. “Porque los niños vienen acá y vuelven a ser niños: a treparse a un árbol, jugar con la tierra, ensuciarse, los olores, la boca, el perro; se olvidan de la tecnología y vuelve a aparecer la imaginación, la creatividad”.

La parte compleja es que es una terapia cara, no solo por el mantenimiento de los animales sino también por la cantidad de profesionales que participan en cada sesión, y en Argentina no existe una ley que cubra el tratamiento; entonces es un tira y afloja con las obras sociales.

“Es una terapia cara, porque mantener un caballo de por sí es caro y porque los profesionales que trabajan son varios con un solo paciente, a diferencia de una terapia convencional que es uno a uno; entonces estamos buscando la manera de poder llevarla adelante”, dice María Emilia. “Por eso realizamos todo tipo de actividades, para que pueda ser un espacio para más familias y un lugar de encuentro. Queremos que en algún momento salga la ley. Estamos trabajando a nivel provincial con varios centros, pero también con varias obras sociales, para que pueda ser una terapia reconocida como tal y que muchos más chicos puedan acceder a otro tipo de terapias”.

Entre caballos y perros, así son los días en Kau. Foto: Fredi Carrera.

El próximo 5 de mayo Kau cumplirá un año. Además de las chicas, el centro cuenta con más profesionales y un grupo de voluntarios que trabaja acompañando el día a día. Uno de ellos es Levan Macharasvili, payamédico y acompañante paliativo.

“Me trajo la locura de ellas”, cuenta. “Hicimos unas meditaciones en el hipódromo, me gustó, me invitaron a ser voluntario y me gustó la propuesta. Así que encontré un propósito. Es un antes y un después porque veo la evolución de la gente que viene y también la evolución nuestra, cómo vamos cambiando nosotros al estar en contacto con los caballos. Ellos no tienen futuro y tampoco empiezan el pasado, son hoy, el presente y creo que nosotros, los seres humanos, tenemos que estar un poquito más presentes, hay que aprender más de los animales”.

En total es un equipo de 11 personas, que incluye acompañantes terapéuticos, estudiantes de psicomotricidad, profesores de educación física, una psicóloga y un cuidador del lugar.

Fernando González también forma parte del equipo de Kau. Es de Corrientes y hace dos años trabaja en el Haras El Cardenal. Se encarga de cuidar a los animales y brindar apoyo logístico en diferentes áreas. “Todos los días es algo diferente”, dice con cierta timidez. “Los caballos, entre las 11 y las 12, van a comer y vuelven a las cinco de la tarde, cuando les damos la comida acá. Comen balanceado, avena y fardo”, agrega.

“Él hace de todo, cuenta”, dice Macarena, poniendo en valor su trabajo. “Los cuida si se lastiman, se encarga de limpiarlos, fijarse de que estén bien, los mima y nos ayuda con el entrenamiento; si lo necesitamos como ayudante ecuestre también participa. Es parte del equipo de Kau”.

Kau es hogar: volver al origen, a la naturaleza y al presente, pero también un lugar para tomar conciencia, como dice Emilia. “Este espacio permite aprender sobre el respeto que se debe tener a la naturaleza y a los animales. La responsabilidad humana: saber que son seres vivos, que hay que respetarlos, darles su tiempo y aprender a respetar su espacio y donde están, porque estamos en la naturaleza y es lo más valioso que tenemos y hay que aprender a cuidarlo”.

Los caballos ya están dentro de su corral. Mañana será otro día entre niños, abrazos y caricias, una especie de juego que ayuda a los niños, pero también a los grandes en medio de la naturaleza y viviendo el presente.

KAU PATAGONIA Centro de Terapias Asistidas con Animales.

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